Rutina
La rutina, esa desmesurada inadvertida que todo lo aplasta y lo reduce a la insípida desazón de su bastarda, la indiferencia; esa intrusa parasitaria que misteriosamente todos nos empeñamos en alimentar de nuestras propias vidas, ese encierro contenido y latente en cada libertad, ese olor a humo, matiz grisaceo, roce pavimentoso y cotidiano. La rutina, esa trampa tendida desde el tiempo, esa burla de las distancias, esa bestia gorda y sudorosa, o apenas despeinada, o con la corbata floja, que nos acecha pero en realidad nos ignora, nos desprecia, nos aburre, esa mentira fiel y consecuente, esa nada de nada. La rutina, decía, esa terrible sutileza capaz de convertir un arrebato en el placer del arrebato, es decir en la compulsión de un arrebato igual al anterior, y después otro, y otro, y otro; esa mortal gravedad con que los pasos caen siempre en un mismo surco, esa total desaprensión, ese equilibrio muerto. La rutina, prosigo, el amparo de tantos, tan mugrienta de tantísimo uso, ahogada, inútil, respuesta inapelable y permanente, caravana absoluta, universal. Rutina, digo, y es decir infinita compasión de mi mismo, o temor inacabable de los otros, ignorancia salvaje, estupidez reivindicada, exaltación de la ceguera, empeño rumiante, sonambulismo idiota. Ah, la rutina... esa parca porción de miseria en que consiento quedarme, este quedarme miserable que no me importa, esta injusticia que pasa y ya pasó. Rutina, pienso, como no haberte honrado nunca con algún monumento. Cómo no dejar, todos, la oficina o el taller o la novia o la aspirina o los hijos, para elegir una plaza donde juntarnos y levantarte un monolito, un monolito de mierda, por ejemplo. Toda una multitud de distintas razas, religiones y edades reunida de improviso que decida, unánimemente, treparse a los árboles, hasta lo más alto, y bajarse allí los calzones dejando los culos al descubierto para iniciar la más solemne y estruendosa cagadera de la historia. Cómo no brindarte, rutina, tan digno reconocimiento. Pero hoy no puede iniciarse esa fiesta, tal vez mañana, mañana seguro. Hoy debe cuidarse tu escrupuloso ritual de calles y semáforos, de hola que tal, bien y usted, de lo caro que está todo, de uñas, pelos, dientes, mocos, de un poquito hacia el fondo que hay lugar, y allí voy, hacia el fondo -no veo la hora de llegar-, mierda, ya se hizo tarde otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez...
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