Desfigurado
Nada quise más que poder creer en la magia, y fue prodigiosa la ausencia de prodigios, portentoso el tamaño de esa ausencia. Sólo vaguedades remotas en libros dudosos o chismes de terceros. El tren, sin embargo, bambolea su presición de acero por vías de una velocidad inaudita, y cada parte -inconcebiblemente simétrica y regular- acomoda al vaiven su indiferencia de cosa aceptada. Hay monos colgados que gesticulan, mirándose de reojo: todos admiten la historia del tren, el origen minero de su carne metálica, la imposible manufactura de sus motores. El misterio nos rodea pero no nos apetece. La sed de magia, entonces, se devalúa en ansiedad de ilusionismo, en el arrebato frívolo de querer complacer la voluntad, ese espectro indominable. Los milagros sólo subsisten en el brillo de su ausencia. Rebeldes de la naturaleza -minoritarios siempre- que insisten en no existir como supremo discenso. El tren rechina los dientes y los clava en la estación. Hay efusión de hombres. Con un bufido de alta temperatura la hemorragia se disipa y en los salones vacíos suda el minutero una pulseada inútil con el reloj. Por donde mire la visión resulta incomprensible. Un predicador sostiene su biblia como se sostiene un pasaporte o una recomendación policial. Reposa inmóvil hasta la próxima horda. Entonces se enciende y vocifera sus luces de luciérnaga urbana, contaminada y desteñida por esa burocracia de oleaje que erosiona sus días. Las cruces tachonaron la ingenuidad del mundo. El cadáver de un hombre torturado en su patíbulo, adquisición del estado en santería local, madera y bronce para un fetiche que expresa la mayor de las blasfemias: dios es un muerto. Una araña absorta ensambla sus redes de baba con presición de especialista. Dentro de sí, imagino, palpita la fragilidad de su aparatosa ingeniería. La estampida de primates, aquí abajo, corre como huracán de desgracias contra sus mínimas sedas. Ella apura el andamiaje de su parábola mortal y busca el centro. Acecha. He llegado a alucinar que el terror con que espanta el mundo provoca la transmigración, sin más trámite. Nos arroja a las cavernas de su eterno laberinto, a ese engaño donde todas las figuras son sombras y todos los cuerpos oscuros espejismos. La caída del alma es infinita así como el alma es nula. Fantasía volátil entre los grumos de esta herrumbre biológica que tiñe los astros. Insecto carroñero -el alma migratoria- que vuela de cadáver en cadáver sorbiendo las estaciones de su propio final. Un zumbido sordo sacude el piso, bajo una legión de ruedas. Las paredes vibran. El susto empuja y un batido de alas se pega en la tela. Contra las yemas la aspereza del boleto. Oigo bramido de pasos y todo gira, inmóvil y viscoso. Ahora, en una gota de saliva, el reflejo de un rostro me enfrenta. Pero no lo reconozco, la agonía de huir ya lo ha desfigurado.
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1 comentario:
uffff....... elevadísimo para mi.
Silvia Isabel
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