Derrota
Todo propósito de cambio me resulta esencialmente delirante. Sólo mediante delirios se podría persuadir a los ejecutivos de mi persona de que contaré mañana con los recursos de que carezco hoy. Giro sin fondos en que incurro cada vez que quiero ser, sin llegar a saber nunca qué palanca mueve la mano que acciona mis palancas. Al ritmo retro de un mambo me integro a la caravana de torpezas que preside mi camino. Actúo en el papelón de los días con la misma frívola gravedad con que sueño y todo parece -de a ratos- una perfecta comedia. Estoy rodeado de payasos, reincidiendo en el ensayo de hipertrofiar la sonrisa. Me pinto en la cara una laguna roja, ostentando el bonete del papel de diario de mis diarios papeles, corona de costumbres y engrudo. La boca naufraga en el púrpura arrojando carcajadas como salvavidas de mármol, mientras el circo atrona alrededor con un silencio mortal: los leones esgrimen la parodia de su ferocidad politizando sus vidas. Enfrentan el ridículo máximo, ejecutan los extremos de la decadencia y distribuyen la muerte con su estigma de accidente violento. Charcos de sangre y pelucas de colores, multitud de cómicos -mis congéneres- que vociferan y se dan golpes. Es cierto, los payasos asustan a los niños, ellos mismos son niños de la angustia, aprendices del terror. Los dientes desnudos, como hilera de lápidas, mostrando la calavera. Reirse es denunciar el absurdo de existir. Por eso me sorprende la ubicuidad de las tablas. Laberinto de candilejas que encausa mis pasos y los cruza con furtivos fantasmas de opereta. Así conozco al Amor, a la Envidia, a la Amistad. A veces tengo la sensación de estar despierto, pero la vigilia me resulta siempre como una pesadilla de Dios. O, peor aún, como el sopor de su resaca. Aceptemos que la creación se parece demasiado a lo que sería el vómito onírico de un exceso divino. Estamos todos revueltos en el fermento insano de la incoherencia. El único cambio que nos cabe es el de la pérdida. Sólo deshojarse en el otoño de este inmenso lazareto. A menudo quise comprender, pero jamás pude abandonar mi condición de cosa peluda y sanguinolenta. Si tuviese la cordura biológica de no asociar el movimiento con el desarrollo tal vez recobrase la pasividad vegetativa. Estarse quieto y crecer, en vez de deambular. Suena bien, pero suena mejor no estar. Quitarse los tules y la tafeta, la piel y la carne también. Quitarse el ser y rendirse a la nada, única palabra cierta en el caudal de las inquietudes. A plazo fijo está hecho el depósito de mis latidos. El interés de mi vida no excede el cero, y en el balance final desaparecen los beneficios. Hay ventanillas para el cambio, sin embargo. Detrás de sus vidrios espejados uno escucha el insesante restallido de la bola, reasignando las fichas. Muchas gracias caballero, vuelva pronto. Y uno se saca el sombrero y lo deja también, para reanudar la calle enfundado en el barril heroico de esta racha invicta de la derrota.
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