Fin

Fin

Los campos de mi realización están yermos. Las malezas se multiplican a su arbitrio y no se ve ningún fruto. Las únicas sombras son prestadas. Los proyectos inconclusos alzan sus huesos como monumentos a la deshonra o a la frustración. Sólo la música me salva, alarido digital que atrona en sarcófagos industriales, como el espectro remoto de algo viviente. En alguna parte, algo viviente. Es al menos curiosa la oposición perpetua que nos provoca lo inanimado. Con cuanto cuidado deambulamos entre las cosas. Cuánta atención exige mantenerse en el arrecife de los días sin tropiezos ni desgracias. Nos limita lo mineral, y clava sus fronteras en la piel misma de los ojos. No puedo ser sujeto pasivo de las percepciones, estoy sujeto a ellas. La liturgia de mis glándulas responde a sus hechizos. El cadáver poseído que me alberga no es más que un zombie atareado en el cementerio. Me erijo prisionero y condeno desde el destierro la tiranía que me coharta. Pero me miento. No hay nadie allá afuera. A nadie le importa combatirme. Sin ningún propósito me aplasta la avalancha, o más bien el derrumbe. Los ladrillos del ser desplomándose por el propio peso de su fragilidad; castillo de naipes nulos, sin número ni figura, que se deshace como se deshace una ilusión. Con todo, me obstino en durar y coleteo hacia el abismo con la enérgica desesperanza de un espermatozoide volcado sobre el piso. No soy otra cosa, acaso, aunque cayera primero a la ciénaga materna. Recubierto ya de larvas -escinciones propias- salí de allí hecho de una carne. Vaya ventaja. Capullo de podredumbre que se estira y se desparrama antes de adoptar la dignidad del polvo. Como si el dedo de la vida sólo se complaciese en aplastar gusanos. Niño monstruoso y cruel, párvulo de su delirante progenitor, que malgasta su absoluta soledad soplando despojos ¿Qué clase de perversión mueve a Dios a alentar la vida sólo para negarla? Lo mueve algo peor que una perversión: la vida misma. Matar y morir, he ahí la vida ¡Cuánta hueca nostalgia de que algo exista! Ansiedad proveniente del onanismo original, lúbrica embriaguez que compele a abrazar fantasmas, que apenas son nieblas o sombras. El amor no evidencia otra cosa que deseo de propiedad sobre algo impropio. El caos y la libertad intercambian máscaras en la monótona orgía de lo minúsculo, donde toda empresa se aventura en su naufragio, donde toda estética es una gala funeraria. Soy un hombre, magnífica criatura, abocado a la contabilidad de mis trastos y la transacción de gruñidos. La música me salva, decía, pero no se salva a sí misma. Audaz malabarismo con el tiempo que pierde siempre el equilibrio y se le cae el telón. Porque siempre cae el telón, y no logra dividirse el mundo entre plateas y bambalinas. Son la misma cosa, cosa inmune al filo aterciopelado de cualquier sutileza. No hay tramoyistas más que de la espera. No hay otro tiempo que este entretiempo, y todos los programas -felizmente- concuerdan en la última palabra: fin.

Desfigurado

Desfigurado

Nada quise más que poder creer en la magia, y fue prodigiosa la ausencia de prodigios, portentoso el tamaño de esa ausencia. Sólo vaguedades remotas en libros dudosos o chismes de terceros. El tren, sin embargo, bambolea su presición de acero por vías de una velocidad inaudita, y cada parte -inconcebiblemente simétrica y regular- acomoda al vaiven su indiferencia de cosa aceptada. Hay monos colgados que gesticulan, mirándose de reojo: todos admiten la historia del tren, el origen minero de su carne metálica, la imposible manufactura de sus motores. El misterio nos rodea pero no nos apetece. La sed de magia, entonces, se devalúa en ansiedad de ilusionismo, en el arrebato frívolo de querer complacer la voluntad, ese espectro indominable. Los milagros sólo subsisten en el brillo de su ausencia. Rebeldes de la naturaleza -minoritarios siempre- que insisten en no existir como supremo discenso. El tren rechina los dientes y los clava en la estación. Hay efusión de hombres. Con un bufido de alta temperatura la hemorragia se disipa y en los salones vacíos suda el minutero una pulseada inútil con el reloj. Por donde mire la visión resulta incomprensible. Un predicador sostiene su biblia como se sostiene un pasaporte o una recomendación policial. Reposa inmóvil hasta la próxima horda. Entonces se enciende y vocifera sus luces de luciérnaga urbana, contaminada y desteñida por esa burocracia de oleaje que erosiona sus días. Las cruces tachonaron la ingenuidad del mundo. El cadáver de un hombre torturado en su patíbulo, adquisición del estado en santería local, madera y bronce para un fetiche que expresa la mayor de las blasfemias: dios es un muerto. Una araña absorta ensambla sus redes de baba con presición de especialista. Dentro de sí, imagino, palpita la fragilidad de su aparatosa ingeniería. La estampida de primates, aquí abajo, corre como huracán de desgracias contra sus mínimas sedas. Ella apura el andamiaje de su parábola mortal y busca el centro. Acecha. He llegado a alucinar que el terror con que espanta el mundo provoca la transmigración, sin más trámite. Nos arroja a las cavernas de su eterno laberinto, a ese engaño donde todas las figuras son sombras y todos los cuerpos oscuros espejismos. La caída del alma es infinita así como el alma es nula. Fantasía volátil entre los grumos de esta herrumbre biológica que tiñe los astros. Insecto carroñero -el alma migratoria- que vuela de cadáver en cadáver sorbiendo las estaciones de su propio final. Un zumbido sordo sacude el piso, bajo una legión de ruedas. Las paredes vibran. El susto empuja y un batido de alas se pega en la tela. Contra las yemas la aspereza del boleto. Oigo bramido de pasos y todo gira, inmóvil y viscoso. Ahora, en una gota de saliva, el reflejo de un rostro me enfrenta. Pero no lo reconozco, la agonía de huir ya lo ha desfigurado.

Derrota

Derrota

Todo propósito de cambio me resulta esencialmente delirante. Sólo mediante delirios se podría persuadir a los ejecutivos de mi persona de que contaré mañana con los recursos de que carezco hoy. Giro sin fondos en que incurro cada vez que quiero ser, sin llegar a saber nunca qué palanca mueve la mano que acciona mis palancas. Al ritmo retro de un mambo me integro a la caravana de torpezas que preside mi camino. Actúo en el papelón de los días con la misma frívola gravedad con que sueño y todo parece -de a ratos- una perfecta comedia. Estoy rodeado de payasos, reincidiendo en el ensayo de hipertrofiar la sonrisa. Me pinto en la cara una laguna roja, ostentando el bonete del papel de diario de mis diarios papeles, corona de costumbres y engrudo. La boca naufraga en el púrpura arrojando carcajadas como salvavidas de mármol, mientras el circo atrona alrededor con un silencio mortal: los leones esgrimen la parodia de su ferocidad politizando sus vidas. Enfrentan el ridículo máximo, ejecutan los extremos de la decadencia y distribuyen la muerte con su estigma de accidente violento. Charcos de sangre y pelucas de colores, multitud de cómicos -mis congéneres- que vociferan y se dan golpes. Es cierto, los payasos asustan a los niños, ellos mismos son niños de la angustia, aprendices del terror. Los dientes desnudos, como hilera de lápidas, mostrando la calavera. Reirse es denunciar el absurdo de existir. Por eso me sorprende la ubicuidad de las tablas. Laberinto de candilejas que encausa mis pasos y los cruza con furtivos fantasmas de opereta. Así conozco al Amor, a la Envidia, a la Amistad. A veces tengo la sensación de estar despierto, pero la vigilia me resulta siempre como una pesadilla de Dios. O, peor aún, como el sopor de su resaca. Aceptemos que la creación se parece demasiado a lo que sería el vómito onírico de un exceso divino. Estamos todos revueltos en el fermento insano de la incoherencia. El único cambio que nos cabe es el de la pérdida. Sólo deshojarse en el otoño de este inmenso lazareto. A menudo quise comprender, pero jamás pude abandonar mi condición de cosa peluda y sanguinolenta. Si tuviese la cordura biológica de no asociar el movimiento con el desarrollo tal vez recobrase la pasividad vegetativa. Estarse quieto y crecer, en vez de deambular. Suena bien, pero suena mejor no estar. Quitarse los tules y la tafeta, la piel y la carne también. Quitarse el ser y rendirse a la nada, única palabra cierta en el caudal de las inquietudes. A plazo fijo está hecho el depósito de mis latidos. El interés de mi vida no excede el cero, y en el balance final desaparecen los beneficios. Hay ventanillas para el cambio, sin embargo. Detrás de sus vidrios espejados uno escucha el insesante restallido de la bola, reasignando las fichas. Muchas gracias caballero, vuelva pronto. Y uno se saca el sombrero y lo deja también, para reanudar la calle enfundado en el barril heroico de esta racha invicta de la derrota.

Rutina

Rutina

La rutina, esa desmesurada inadvertida que todo lo aplasta y lo reduce a la insípida desazón de su bastarda, la indiferencia; esa intrusa parasitaria que misteriosamente todos nos empeñamos en alimentar de nuestras propias vidas, ese encierro contenido y latente en cada libertad, ese olor a humo, matiz grisaceo, roce pavimentoso y cotidiano. La rutina, esa trampa tendida desde el tiempo, esa burla de las distancias, esa bestia gorda y sudorosa, o apenas despeinada, o con la corbata floja, que nos acecha pero en realidad nos ignora, nos desprecia, nos aburre, esa mentira fiel y consecuente, esa nada de nada. La rutina, decía, esa terrible sutileza capaz de convertir un arrebato en el placer del arrebato, es decir en la compulsión de un arrebato igual al anterior, y después otro, y otro, y otro; esa mortal gravedad con que los pasos caen siempre en un mismo surco, esa total desaprensión, ese equilibrio muerto. La rutina, prosigo, el amparo de tantos, tan mugrienta de tantísimo uso, ahogada, inútil, respuesta inapelable y permanente, caravana absoluta, universal. Rutina, digo, y es decir infinita compasión de mi mismo, o temor inacabable de los otros, ignorancia salvaje, estupidez reivindicada, exaltación de la ceguera, empeño rumiante, sonambulismo idiota. Ah, la rutina... esa parca porción de miseria en que consiento quedarme, este quedarme miserable que no me importa, esta injusticia que pasa y ya pasó. Rutina, pienso, como no haberte honrado nunca con algún monumento. Cómo no dejar, todos, la oficina o el taller o la novia o la aspirina o los hijos, para elegir una plaza donde juntarnos y levantarte un monolito, un monolito de mierda, por ejemplo. Toda una multitud de distintas razas, religiones y edades reunida de improviso que decida, unánimemente, treparse a los árboles, hasta lo más alto, y bajarse allí los calzones dejando los culos al descubierto para iniciar la más solemne y estruendosa cagadera de la historia. Cómo no brindarte, rutina, tan digno reconocimiento. Pero hoy no puede iniciarse esa fiesta, tal vez mañana, mañana seguro. Hoy debe cuidarse tu escrupuloso ritual de calles y semáforos, de hola que tal, bien y usted, de lo caro que está todo, de uñas, pelos, dientes, mocos, de un poquito hacia el fondo que hay lugar, y allí voy, hacia el fondo -no veo la hora de llegar-, mierda, ya se hizo tarde otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez otra vez...